no es apología, es memoria

EL IMPERIO DE UNA IMAGEN

El reto de dessanmartinizar la representaciòn històrica de la independencia.

"Lo contrario a la memoria no es el olvido, sino la historia oficial"      Tzvetan Todorov 

Eddy Romero Meza

Publicado: 2017-05-18

Todos conocemos el cuadro de Juan Lepiani sobre la independencia (1904), en él se presenta al general Don José San Martín proclamando la independencia acompañado por personalidades civiles, militares y eclesiásticas. El libertador se dirige al pueblo peruano, representado en la plaza de armas de Lima. El cuadro tiene algunas curiosidades, como por ejemplo la presencia del presidente Ramón Castilla al costado de San Martín, y un personaje que voltea y mira a los que observamos el cuadro (es Lepiani el autor). Incluso la aparición de una bandera peruana que recién se oficializo en 1825, y que no se empleaba todavía en 1821. La importancia del cuadro es enorme, ya que durante generaciones ha configurado nuestra imagen sobre la independencia peruana. El cuadro aparece en libros, manuales, carteles, páginas web, etc. El cuadro de Lepiani se ha constituido como la referencia iconográfica más relevante sobre la emancipación peruana. Sin embargo, como toda representación una imagen es un conjunto de presencias y ausencias. El cuadro de Lepiani es parte importante del imaginario sobre la independencia peruana, sin embargo ha ayudado a perpetuar ciertas ideas sobre este hecho histórico: 

a) La independencia es asociada básicamente al año 1821.

b) San Martín y los personajes limeños como actores centrales en este proceso.

c) La ciudad de Lima como centro del proceso emancipatorio.

d) La independencia peruana como algo otorgado por fuerzas extranjeras.

Estas ideas lamentablemente reducen considerablemente la complejidad del proceso independentista. Primero porque las luchas por la independencia pueden registrarse desde fechas muy anteriores a la llegada de San Martin: rebelión de Túpac Amaru (1780), rebeliones de Tacna (1811-1813), rebelión del Cusco de 1814 (hermanos Angulo y Mateo Pumacahua). Segundo porque las luchas por la emancipación comenzaron en zonas como Cusco y Tacna, e incluso concluirán en Junín y Ayacucho. Finalmente, si bien las fuerzas extranjeras fueron decisivas, también lo fueron actores internos como las montoneras indígenas.

Historiadores como Cecilia Méndez han discutido este tema y acusado el limeñocentrismo a la hora de concebir la independencia (1). Los recientes estudios sobre el proceso de la independencia han destacado cada vez más, la participación decisiva de las guerrillas indígenas en la sierra central y sur. Pero Lima y los criollos aparecen como centro de este proceso, invisibilizando el rol crucial de las llamadas “provincias”. Los textos escolares explican siempre los roles de San Martin y Bolívar, pero dedican poco espacio (o ninguno) a mencionar la relevancia de Zela, Los Angulo o Pumacahua. La figura de Túpac Amaru II, recién cobró visibilidad a partir de los años 70s, durante los años del gobierno revolucionario de Velasco Alvarado, el cual lo tomó como ícono histórico-político. Antes solo fue silenciado por la historiografía oficial o conservadora.

La construcción de la narrativa histórica no es ajena a intereses políticos y sociales. El Estado criollo desarrolló una narrativa que tuvo como personajes centrales a héroes criollos-mestizos como Grau, Bolognesi, Cáceres o Alfonso Ugarte, antes que a personajes indígenas como los líderes de las montoneras o guerrillas. Túpac Amaru aún hoy genera desconfianza, ya sea por asociarlo al velasquismo o al MRTA (no hace mucho un turista fue detenido por poner un polo con la imagen de Túpac Amaru en su balcón).

El cuadro de Lepiani fue elaborado en 1904, durante la República Aristocrática, época durante la cual la mayor parte de la población estaba excluida de la vida política (prohibición del voto analfabeto). En cierta medida el cuadro forma parte de un proyecto social y cultural, donde la independencia solo puede ser explicada como gesta criolla (nacional y extranjera), y no como un hecho más amplio, que supuso la participación activa y decisiva de indios, así como de mulatos y esclavos.

La representación histórica es también un espacio de disputa, el cual define como nos vemos como sociedad, al representarnos en el tiempo. Las imágenes de nuestro pasado no deben ser únicas y asociadas a concepciones de las élites. La lucha por la historia es la lucha por como ser representados también (2).  


Notas:

(1) La historiadora Cecilia Méndez actualmente viene trabajando está temática, y pronto publicará un libro donde desarrollará el asunto de los silencios de la historiografía oficial peruana. El tema de la independencia y su representación, también fue abordado en el Concurso de ensayos “Narra la independencia desde tu pueblo, tu provincia o tu ciudad” (2014), organizado por la autora y otros especialistas. La idea central fue “dessanmartinizar” la independencia, visibilizando los distintos movimientos rebeldes, surgidos desde varios puntos del territorio del virreinato peruano antes de la llegada de la denominada corriente libertadora del sur.

(2) El sociólogo Gonzalo Portocarrero contrapone el famoso cuadro de Juan Lepiani a la acuarela titulada Procesión cívica de los negros (1821) de Pancho Fierro. Esta evoca la imagen de como la población negra también participó de la fiesta y fervor independentista. Sobre el cuadro de Lepiani, Portocarrero señala: es la imagen “clásica”, oficial y hegemónica de la proclamación de la Independencia… la imagen consagra una visión de la Independencia donde la dirección está en manos de la élite de siempre. Salvo en la primera fila, el público carece de rostro, es una presencia brumosa, una masa grande y compacta, pero sin marcas étnicas ni de clase, una suerte de pueblo abstracto… la imagen oficial es una mistificación criolla, y hay mucho más verdad en la acuarela de Fierro. En: La Urgencia por decir “Nosotros”. Los intelectuales y la idea de nación en el Perú republicano. Fondo editorial de la PUCP, 2015. pp. 30-31


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Socio-Historia

Espacio de reflexión histórico-social. El Perú es a veces un cuento de Kafka pero resulta legible para lo real maravilloso latinoamericano.