el fango está en todos lados

Autonomía y tutelaje

"Decir que los hombres son personas y como personas son libres y no hacer nada para lograr concretamente que esta afirmación sea objetiva, es una farsa". Paulo Freire

Eddy Romero Meza

Publicado: 2015-11-10

La educación tiene como fin primordial la autonomía, sin autonomía no existe educación que merezca el nombre de tal.  

Hace unas décadas el filósofo Augusto Salazar Bondy, reflexionando sobre la didáctica de la filosofía en las escuelas, planteaba la necesidad de promover los grupos de estudio o comunidades de aprendizaje (1). O sea, que los estudiantes posean sus propios espacios de conversación, investigación, discusión, intercambio, etc. Espacios donde puedan profundizar lo aprendido en clases, problematizarlo, contrastar, indagar y ampliar.

En el mundo anglosajón los grupos de estudio han sido frecuentes, y quizás obedezca a ese rasgo tan nor-occidental de autonomía y disciplina. Recuerdo una biografía del filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900), donde se describe como a los 11 años, en la ciudad de Röcken, él creo su propio grupo de estudio, siendo una condición para los integrantes, la creación de textos semanales, y la lectura y comentario de estos por todos. Sorprende esa precocidad, aunque se explica en el contexto cultural de una Alemania decimonónica, llena de universidades, centros artísticos y un amor profundo por la cultura.

Las viejas universidades inglesas y las nuevas norteamericanas, también exhiben esa apuesta por la autonomía a través de los grupos de estudio, el trabajo independiente y las comunidades de aprendizaje extracurricular. Ello se trasladaba a las escuelas, por lo menos hace algunos lustros. Ser responsable por tu propio aprendizaje, es una filosofía educativa clásica, pero que en contextos como los nuestros no tiene mayor relevancia, salvo el discursivo: “aprender a aprender”, rezan los pedagogos nacionales, tratando de estimular la metacognición entre los estudiantes, aquellos abandonados a la deriva desde hace décadas. Naturalmente la autonomía no se logra con simples frases, pedagogismos demagógicos y reiteración de buenas intenciones.

El estudiante promedio en el Perú, tiene problemas de comprensión lectora (probablemente sus profesores también). Por lo tanto es incapaz de elaborar un escrito propio. Ello supone estar familiarizado con hábitos de lectura, técnicas de escritura e ideas que compartir. No se trata solo de realizar con mediana eficiencia un trabajo escolar de redacción, sino de tener la motivación propia de expresar ideas, sentimientos o emociones a través de un texto articulado u organizado (ello sin descartar la oralidad y discursos iconográficos como otros medios de expresión).

Actualmente los docentes peruanos de las escuelas se han divorciado de la escritura. Han interiorizado su labor magisterial tan solo como la de transmisión, mediación y facilitación. El trabajo intelectual le es ajeno en la medida que se asumen como técnicos de la enseñanza. En otras palabras, simples ejecutores de diseños curriculares, donde la humanidades son cada vez más escasas (ver sino lo sucedido con el curso de filosofía). Si los docentes no asumen su propia autonomía como productores de conocimiento y no simples repetidores; cómo entonces esperar que los estudiantes creen y recreen saberes, y asuman su aprendizaje como algo personal y no como imposiciones de pizarra y lecciones organizadas en libros insípidos, que no responden a la diversidad del país y la pulsión creativa del hombre.

Las universidades son cada vez más centros de profesionalización y pugnas políticas, antes que lugares de amor al saber o conocimiento. Aprobar un curso es la meta, antes que el nutrirse de nuevas ideas. La vieja idea de condiscípulos (compañero de aventuras intelectuales), ha cedido ante la de simple integrante de mi base o promoción.

La autonomía quizás no pasa ahora de grupos cerrados de Facebook, en los que se divulgan lecturas, eventos, comentarios al paso y bromas, pero nada más.

Clase magistral, culto a lo que dice un autor, verticalismo y ansiedad por siempre ser orientados. Recibir órdenes y aceptar acríticamente. Clero, ejército y escuela. Tutelaje, sociedad patriarcal o autoritaria. El presidente, caudillo (dictador), maestro o cura son los padres simbólicos. La autonomía está demás, prima la tutela y hay una extendida conformidad frente a ello. 

Finalmente la autonomía es libertad, y sólo hay educación verdadera cuando se busca la libertad.  

(1) Augusto Salazar Bondy. Didáctica de la filosofía. Editorial Universo, Lima 1967.


Escrito por


Publicado en

Socio-Historia

Espacio de reflexión histórico-social. El Perú es a veces un cuento de Kafka pero resulta legible para lo real maravilloso latinoamericano.